@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Emergencia en el avión

19.09.2014
Patatas famosas
  • avión
  • ética profesional
  • médico
  • responsabilidad
  • zolpidem

No recuerdo cuánto me costó exactamente el vuelo para llegar al Estado de las Patatas, pero sí sé que fue lo más caro del viaje, que duraba nada más y nada menos que 21 horas. Sea como sea, me parecía un tiempo lo suficientemente elevado para desajustar mi reloj biológico, así que decidí darle una ayuda química con zolpidem.

El zolpidem es uno de los hipnóticos más potentes que se pueden encontrar en las farmacias. Ya lo había probado otras veces y me había proporcionado un sueño agradable, así como una deliciosa sensación de amnesia mientras duraba su efecto. Pensé en que era el fármaco ideal para tomarlo y cruzar El Charco en un agradable trance.

Rafa, mi erre mayor, decía que todo me pasaba a mí y, en mitad del viaje, en algún punto por encima del Océano Atlántico, ocurre lo que pasa en lás películas: piden un médico en primera. En ese momento, yo no estaba en condiciones de atender pacientes, pero ¿qué hacer? ¿Cómo negarme a una llamada de auxilio? Como pude, me arrastré por el pasillo hasta primera, con cara de zombie, sin afeitar y envuelto en una vieja sudadera de C&A llena de bolitas tras muchos lavados. Afortunadamente, cuando llegué allí, ya había otros médicos, americanos y con camisas decentes; era sólo una crisis de ansiedad y pude retirarme a mi asiento.

No hablamos hoy de automedicación en médicos (que tiene mucho que criticar y que daría para muchas entradas) ni tampoco de la conveniencia de regular químicamente el ciclo circadiano. De lo que quiero hablar es: ¿tiene sentido que, durante un viaje en avión, la tripulación tenga que recurrir a los presuntos pasajeros médicos para atender una emergencia? ¿Qué habría ocurrido si hubiese sido el único médico, la emergencia hubiera sido grave y yo me encontrara seriamente indispuesto para actuar? ¿Hasta donde llega nuestra responsabilidad con la sociedad?

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La experiencia de Belfast

08.09.2014
Irlanda clockwise
  • @vientoblanko
  • Belfast
  • Irlanda del Norte
  • Juego de Tronos

He viajado por media Europa, por países hostiles y gentiles, por paisajes bonitos y contaminados, por ciudades grandes y por pueblos pequeños; pero nunca me había ocurrido lo que me pasó en Belfast.

La autopista que conduce al centro de Belfast está llena de coches, pero en cuanto uno aparca en el centro, la ciudad se convierte en fantasma. No había nadie por las calles, y era un martes de agosto a las cuatro de la tarde. De acuerdo, en España tampoco hay nadie por las calles un martes de agosto a las cuatro de la tarde, pero lo de allí no era normal. Ni un ruido, ni un coche, ni un rastro de actividad en los edificios. Nada. Daba miedo.

Tras mucho andar, encontramos a algún peatón lejano, pero cuando quisimos acercarnos a ellos para preguntarles cómo llegar al Ayuntamiento de la ciudad, apretaban el paso y nos esquivaban. Fue al final una señora, que iba cargada con bolsas, a la que pudimos abordar para que nos diera las señas. No fue precisamente amable.

El Ayuntamiento de Belfast es grande y bonito. No es una ciudad fea Belfast. El tiempo era agradable y el aire estaba limpio. Sin embargo, todas las fotos que pudimos hacer del Ayuntamiento salen estropeadas: dos adolescentes, las únicas personas de la plaza además de nosotros, que estaban sentados en la puerta posaban haciendo la peineta en todas las instantáneas que intenté coger.

Tras algunos pasos más por aquella ciudad vacía ocurrió algo extraño. Tres personas venían por nosotros por una avenida en dirección opuesta a nosotros. Jorge se emocionó, pues de todas las personas que hay en el mundo, en aquella ciudad solitaria, resulta que eran actores de Juego de Tronos. Yo no sigo mucho la serie, pero Jorge es muy devoto de ella, así que se acercó a los actores y les pidió una foto. Los actores, en medio de la soledad de la avenida, se negaron, siguieron adelante y nos dejaron con un palmo de narices.

Llegaba la hora de la cena y comenzamos a buscar un sitio para cenar. Entonces nos cruzamos con una pandilla de adolescentes que, justo al pasar frente a nosotros, escupieron en el suelo a mis pies. Nunca sabré si fue intencionado o no; no me paré para comprobarlo.

Tras semejantes experiencias, nos largamos en coche de aquella ciudad, cambiando la idea de la cena en un pub de Belfast por la de un sandwich precocinado en cualquier gasolinera del camino.

Podría decir que nunca volveré a Belfast, pero la vida es muy larga y nunca se sabe las vueltas que uno puede dar. Sin entrar a opinar acerca de los sucesos políticos que se han vivido allí durante los últimos años, diré que se nota que Belfast es una ciudad que ha estado muy fastiada. Mientras me iba de allí, deseé que, en un futuro cercano, se pueda respirar otro aire en la ciudad.

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La invasión de los temblones

06.08.2014
Pesadillas
  • política
  • sueños
  • temblor

La cuadrilla de defensa se organiza en el salón de casa, donde esta tarde nos reunimos una veintena de personas que esperamos con impaciencia a Jorge.

Jorge llega cargado con una saca llena de rifles y nos reparte uno a cada uno pero, conforme me tiende el mío, veo cómo le tiembla sutilmente la mano. A mí, que no se me da bien fingir, se me palidece la cara y cambia la expresión, puesto que el bueno de Jorge está siendo controlado por esa idea rara, que nadie sabe qué es, pero que causa que los cuerpos tiemblen.

Agarro el rifle y dudo por un momento en dispararle, aunque al final decido no hacerlo, que yo asesino no soy, y prefiero salir huyendo escalando por el ojo de patio. Tres pisos trepando por las rejas y aún me duelen los brazos y eso que esto ocurrió ayer y pasó en sueños.

De repente, estoy infiltrado en una reunión de magnates de algo en Nueva York, de esos que deciden el futuro de la Humanidad, donde todos ya tiemblan. Estos señores tiemblan mucho, tiemblan más que Jorge, tiemblan tanto que a algunos les salen disparados sus brazos y piernas y han tenido que cosérselos al cuerpo como mejor han podido.

Estos magnates discuten sobre si deberían tomar medidas para que toda la especie humana comience a temblar o bien si es suficiente con que sólo tiemblen unos pocos y estos exploten laboralmente a los que nunca temblaron.

Mientras elucubro cómo hacer frente a la amenaza, descubro que una mujer alta y delgada con el pelo corto intenta hacer como la que tiembla. Es otra infiltrada en la reunión, al igual que yo, y mira que hay personas en el mundo, resulta que es Rosa Taberner, una de las tres dermatólogas del MIR 2.0.

Rosa lleva puesto un aparato que la hace temblar y en el que cree que está la solución para salvar el planeta. Ella y yo nos reconocemos, me lleva aparte en la reunión y se dispone a explicarme qué debo hacer para terminar con esta locura.

Pero antes de que me explique su plan, le pido permiso para ir al cuarto de baño; que esto es un sueño, que son las seis y media de la mañana y que mi vejiga del mundo real se cree con el derecho de enviar también mensajes a mi subconsciente.

Junto a la pared del cuarto de baño está mi vecino José Antonio, que piensa que esto de que toda la humanidad tiemble es un error, que el acaba de ir al baño y que lo ha puesto todo perdido. José Antonio tiene la solución para terminar con el problema de la población temblante, que consiste en que todos, los que tiemblan y los que no, de repente se den cuenta de que todo es un sueño. A la de una, a la de dos y a la de tres.


Cuando abro los ojos, ya hay algo de luz en el cielo. Me gusta soñar con historias, sobre todo si estas tienen un final y especialmente si el final es bueno.

Mientras pienso sobre qué ha querido decir mi sueño, me doy cuenta de que el hecho de que toda la humanidad despierte de una vez de un disparatado sueño político y se dé cuenta de que estaba cometiendo un error no es un hecho poco común.

Se me ocurren decenas de ejemplos, tanto nacionales como internacionales, en los que poblaciones han otorgado votos de confianza a políticos con ideas ridículas y, de repente, a la de una, a la de dos y a la de tres, todos descubren que ha sido un error e intentan despertarse.

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