@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Cuando comer era un placer

28.09.2014
Patatas famosas
  • comida
  • dieta mediterránea
  • Idaho
  • trastornos alimentarios

A veces me canso de escuchar hablar sobre las bondades de la dieta mediterránea. “Bebe dos litros de agua al día”, “toma cinco raciones de frutas y verduras diarias”, “los azúcares deben ser muy ocasionales”. Europa, como civilización más antigua que América, ha heredado el complejo de hermana mayor y se enfrenta a la obligación de dar ejemplo; pero, ¿a qué precio?

Ser los dueños de eso llamado dieta mediterránea nos ha traído mucha salud cardiovascular, pero también muchas otras cosas no tan buenas. Por ejemplo, no recuerdo cuándo fue la última vez que me comí un helado sin sentirme culpable. Tú, lector, que estás ahora mismo leyendo este texto, ¿podrías recordar cuándo fue la última vez que te comiste un donut sin pensar que no era comida sana?

Esta locura de comer saludablemente está repercutiendo, de una forma más o menos consciente, en todos nosotros. Parece que hubiésemos olvidado que comer es uno de los mayores placeres de los humanos. Si a la mayoría de la población nos afecta saltarnos un día la dieta, ¿cómo afectará a las personas que padecen de trastornos alimentarios? ¿Qué papel ha jugado la imposición de la dieta mediterránea en estas patologías?

Cuando estuve en Idaho, recordé lo maravilloso que es comer. Bollos rellenos de crema de queso; bocadillos de lascas de carne especiada y frita; hamburguesas con queso y más queso; huevos y no uno, sino dos y hasta tres; ensaladas en jugosas salsas; frutas recién cogidas de su árbol; batidos de helado que ponían a prueba tu saciedad y bebidas deliciosamente azucaradas.

Pero lo mejor no fue la comida. Lo mejor fue dejar atrás la culpabilidad.

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Emergencia en el avión

19.09.2014
Patatas famosas
  • avión
  • ética profesional
  • médico
  • responsabilidad
  • zolpidem

No recuerdo cuánto me costó exactamente el vuelo para llegar al Estado de las Patatas, pero sí sé que fue lo más caro del viaje, que duraba nada más y nada menos que 21 horas. Sea como sea, me parecía un tiempo lo suficientemente elevado para desajustar mi reloj biológico, así que decidí darle una ayuda química con zolpidem.

El zolpidem es uno de los hipnóticos más potentes que se pueden encontrar en las farmacias. Ya lo había probado otras veces y me había proporcionado un sueño agradable, así como una deliciosa sensación de amnesia mientras duraba su efecto. Pensé en que era el fármaco ideal para tomarlo y cruzar El Charco en un agradable trance.

Rafa, mi erre mayor, decía que todo me pasaba a mí y, en mitad del viaje, en algún punto por encima del Océano Atlántico, ocurre lo que pasa en lás películas: piden un médico en primera. En ese momento, yo no estaba en condiciones de atender pacientes, pero ¿qué hacer? ¿Cómo negarme a una llamada de auxilio? Como pude, me arrastré por el pasillo hasta primera, con cara de zombie, sin afeitar y envuelto en una vieja sudadera de C&A llena de bolitas tras muchos lavados. Afortunadamente, cuando llegué allí, ya había otros médicos, americanos y con camisas decentes; era sólo una crisis de ansiedad y pude retirarme a mi asiento.

No hablamos hoy de automedicación en médicos (que tiene mucho que criticar y que daría para muchas entradas) ni tampoco de la conveniencia de regular químicamente el ciclo circadiano. De lo que quiero hablar es: ¿tiene sentido que, durante un viaje en avión, la tripulación tenga que recurrir a los presuntos pasajeros médicos para atender una emergencia? ¿Qué habría ocurrido si hubiese sido el único médico, la emergencia hubiera sido grave y yo me encontrara seriamente indispuesto para actuar? ¿Hasta donde llega nuestra responsabilidad con la sociedad?

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La experiencia de Belfast

08.09.2014
Irlanda clockwise
  • @vientoblanko
  • Belfast
  • Irlanda del Norte
  • Juego de Tronos

He viajado por media Europa, por países hostiles y gentiles, por paisajes bonitos y contaminados, por ciudades grandes y por pueblos pequeños; pero nunca me había ocurrido lo que me pasó en Belfast.

La autopista que conduce al centro de Belfast está llena de coches, pero en cuanto uno aparca en el centro, la ciudad se convierte en fantasma. No había nadie por las calles, y era un martes de agosto a las cuatro de la tarde. De acuerdo, en España tampoco hay nadie por las calles un martes de agosto a las cuatro de la tarde, pero lo de allí no era normal. Ni un ruido, ni un coche, ni un rastro de actividad en los edificios. Nada. Daba miedo.

Tras mucho andar, encontramos a algún peatón lejano, pero cuando quisimos acercarnos a ellos para preguntarles cómo llegar al Ayuntamiento de la ciudad, apretaban el paso y nos esquivaban. Fue al final una señora, que iba cargada con bolsas, a la que pudimos abordar para que nos diera las señas. No fue precisamente amable.

El Ayuntamiento de Belfast es grande y bonito. No es una ciudad fea Belfast. El tiempo era agradable y el aire estaba limpio. Sin embargo, todas las fotos que pudimos hacer del Ayuntamiento salen estropeadas: dos adolescentes, las únicas personas de la plaza además de nosotros, que estaban sentados en la puerta posaban haciendo la peineta en todas las instantáneas que intenté coger.

Tras algunos pasos más por aquella ciudad vacía ocurrió algo extraño. Tres personas venían por nosotros por una avenida en dirección opuesta a nosotros. Jorge se emocionó, pues de todas las personas que hay en el mundo, en aquella ciudad solitaria, resulta que eran actores de Juego de Tronos. Yo no sigo mucho la serie, pero Jorge es muy devoto de ella, así que se acercó a los actores y les pidió una foto. Los actores, en medio de la soledad de la avenida, se negaron, siguieron adelante y nos dejaron con un palmo de narices.

Llegaba la hora de la cena y comenzamos a buscar un sitio para cenar. Entonces nos cruzamos con una pandilla de adolescentes que, justo al pasar frente a nosotros, escupieron en el suelo a mis pies. Nunca sabré si fue intencionado o no; no me paré para comprobarlo.

Tras semejantes experiencias, nos largamos en coche de aquella ciudad, cambiando la idea de la cena en un pub de Belfast por la de un sandwich precocinado en cualquier gasolinera del camino.

Podría decir que nunca volveré a Belfast, pero la vida es muy larga y nunca se sabe las vueltas que uno puede dar. Sin entrar a opinar acerca de los sucesos políticos que se han vivido allí durante los últimos años, diré que se nota que Belfast es una ciudad que ha estado muy fastiada. Mientras me iba de allí, deseé que, en un futuro cercano, se pueda respirar otro aire en la ciudad.

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